Tres mandatos en Egipto, en 55 años, nos indican que allí no hemos tenido democracia, como nos comenta Ricardo Rocha…
Mubarak demoró 30 años en el poder.
Nassar, Gamal Ebdel, se posesionó en 1956 y se mantuvo 14 años en el poder. Murió joven… tenía 52, cuando desapareció de la tierra… y Anwar Sadat… es el otro… así que, sacando cuentas, él estuvo mandando 11 años en Egipto.
Lo que pasó ayer, se estaba esperando.
LuisEmilioRadaC
Pd:
Leamos a Rocha.
Nasser y Kruschev, 1956
Viernes 11 de febrero de 2011. 1:07, p.m.
El episodio de Egipto nos enseña algo: democracia y hombres providenciales son sencillamente excluyentes.
Ya es un indicio grave para cualquier estudioso el que en el curso de 55 años de historia política, Egipto haya tenido solamente tres Presidentes. Dos de ellos muertos en el poder y Mubarak a quien acaban de sacar por la puerta trasera.
Inaudito que alguien como Mubarak se dejara llevar a esta situación, si como sabemos, llegó al mando por el asesinato de Anwar el Sadat en 1981, aparentemente, a manos de un soldado miembro de la Hermandad Islámica.
Hosni Mubarak, tomó el relevo después del asesinato de Sadat en 1981 y prometió que habría mayor democracia para su pueblo. Pero a la medida que fue consolidando su poder, las ideas de una mayor apertura en la vida política nacional, se fueron evaporando de manera sostenida.
Mubarak y Reagan
La razón para que gobernantes egipcios hayan mantenido el poder por tanto tiempo, debemos buscarla en el juego de poderes que ejercen en la zona las potencias.
Con Nasser, fue la influencia de los rusos y el disgusto de los egipcios y otros árabes con los ingleses, lo que llevó al gobernante a abrazar la causa de los árabes en las guerras contra Israel. Todo ello porque consideraron que la partición de Palestina era injusta al considerar ellos que los "hebreos y judíos" eran extranjeros que debían buscar acomodo en Europa. Sorprende la similitud de discurso con Ahmadenijad. Bajo Mubarak lo que hubo en Egipto fue una tranquilidad que tenía su origen en la tranca, mas no en la satisfacción del pueblo que ha visto como sus derechos fueron cada día recortados ante el silencio cómplice, por lo menos, de las potencias occidentales: especialmente Estados Unidos que apoyo a Mubarak porque este era un buen contendor para frenar la expansión de la Hermandad Islámica, una organización militante que anda en el proyecto de restablecer un Califato en la cuenca del Mediterráneo que abarque desde Turquía hasta las islas británicas y parte de los territorios de la Europa continental.
Los gobernantes harían bien en escuchar a sus oponentes, porque son estos, los que cuentan las otras verdades, esas que quienes están alrededor del poder, no cuentan porque hay intereses que cuidar.
No era esta la primera vez que había un conato contra lo que muchos consideraban abusos de Mubarak.
Cincuenta y cinco años de la vida de un país comprendido en tres gobiernos, es mucho tiempo, y nos indica que hay allí de todo, menos democracia. Porque ésta es la posibilidad de alternar el poder entre diversos credos políticos, pero cuando los gobernantes creen saber lo que es mejor para sus gobernados, ocurren episodios como este que nos indican también que la democracia, tal como la conocemos en Occidente, no es un método recomendable para todos los pueblos, simplemente por razones de practica cultural.
Humberto Mendieta, nos cuenta más de David Sánchez Jualiao. Seguro que ahora, le vamos a leer más... así es la vida. Pero como dijo Yexenia Díaz, desde hace muchos años, los barranquilleros y costeños nos estamos gozando la inteligencia del Deivi. LuisEmilioRadaC Pd:
Una noche con el Pachanga en Medellín
Barranquilla, febrero 12 de 2011 Por Humberto Mendieta Era agosto y Medellín con su acento amable nos llevó a uno de los eventos de la multicolor Feria de las Flores: Humor City. Presagiaba yo una retahíla de dudosos chistes. Pero Jorge Melguizo, secretario de Cultura de la ciudad, hizo un pare y una explicación. "Vienen importantes humoristas y artistas de todo el mundo. Aquí está, representando a Colombia, un paisano de ustedes”.
Era David Sánchez Juliao, con quien me había tropezado en el Festival del Porro en San Pelayo, en los carnavales de Barranquilla, en el Festival Vallenato y en un montón de encuentros. Siempre escuchándolo hablar. Sobrado, como siempre, dijo: “Cuadro, es la primera vez que hago esto ante un público popular, porque siempre lo he hecho en otros escenarios, más académicos”.
Era verdad. Y la noche fue para alquilar balcón. Tanto que ‘picó y se extendió’ porque lo sucedido allí trascendió a la voz de radionovela de los noticieros de FM y a páginas completas de diarios nacionales.
Resulta que cuando él salió al escenario, un humorista español que lo antecedió había sido abucheado porque no gustó. Sánchez Juliao entró con una breve introducción académica de El Pachanga y comenzó a narrar con su tono particular. Pero una andanada de chiflidos y griticos paisas se le vinieron encima. El indio Zenú que llevaba por dentro, revuelto con loriquero y barranquillera, se le salió. Y se jaló un discurso antropológico y social de “por qué somos así”. “Saben qué –les dijo a las 10 mil personas que estaban en el Parque de los Pies Descalzos–, en Barranquilla no pasa esto. Allá oyen El Pachanga y la trova de ustedes. Aprendan”, y se bajó.
Apenado, el anfitrión, Melguizo, subió molesto a la tarima, regañó a su misma gente y al día siguiente le dijo a los medios que había que cambiar el humor arcaico, machista, homofóbico y primario producto de Montecristo. Después, Sánchez Juliao me contó que había sido una de las mejores experiencias de su vida. “Nojoda, regañar a 10 mil personas al mismo tiempo no es fácil”.
Esta semana, haciendo honor a su inigualable humor que tenía un profundo trasfondo social y cultural, se nos fue El Pachanga o El Flecha, o como lo llamaran. Como siempre, el Viejo Deivi tuvo la razón y escogió una fecha especial para morir: el Día del Periodista.
Temerario y obstinado, como lo califican sus amigos más cercanos, Sánchez Juliao libró batallas nacionales por la costeñidad en Bogotá. Fue un manejador de la palabra, un jugador del verbo, un malabarista de los adjetivos. Tanto que recibió el remoquete de el brujo de la oralidad, un alias que gozaba en todo el esplendor de su inmenso ego intelectual. Si nostalgia es un costeño con gabardina, felicidad es un cachaco con guayabera, decía para poner en práctica su afición por inventar frases.
“Así es la vida, ¿sabe cómo e’?, como una película de vaqueros”, con esta línea Sánchez Juliao rompió el hielo en los 70 en un cuento narrado que se tornó en una marca inolvidable.
Seguro estará hoy muerto de la risa sentado, cigarrillo en mano, tinto en la otra, en una esquina del Colegio Lácides C. Bersal hablando con José de Jesús Negrete, más conocido como El Pachanga, sobre lo divino y lo humano. Y sobre costeños y cachacos.