viernes, 10 de abril de 2009

La fiesta del VIERNES SANTO

Un día hermoso.
Viernes Santo... y un día en que mi madre está de cumpleaños. DIOS la proteja y le de salud y bienestar. A todos nos cuidó con mucho amor.
FELICITACIONES para ella...

Y el mensaje de nuestro amigo, Jaime Marenco, desde el Seminario.

Luis Emilio Rada C.

El mensaje de Jaime:


¡Paz y bien para todos!

El tema de hoy: VIERNES SANTO. Y lo escribo en rojo, porque este será el color del ornamento que vestirá el sacerdote de la iglesia a la que asistan. Este color nos hará caer en cuenta que no estaremos participando en unas exequias, sino en una fiesta. Sí ‘una fiesta’, porque lo que vamos a celebrar es que Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para salvar a TODA la humanidad.

El Viernes Santo no se celebra la Eucaristía en ninguna parte, sino una acción litúrgica propia y especial de este día que concluye con la comunión eucarística (esta se hace con las hostias que se reservaron ayer).

Los objetivos de esta celebración son cuatro:

Meditar en la Palabra de Dios la pasión y muerte de Jesús.
Adorar la santa y gloriosa cruz.
Conmemorar el nacimiento de la Iglesia.
Interceder por la salvación de todo el mundo.
Algo muy significativo que verán este día es la postración ante el altar de los sacerdotes. Este gesto de humildad, de anonadación, expresa la pequeñez del hombre frente a la grandeza de Dios.

En este día nuestra actitud debe ser de silencio, de recogimiento, de oración… También es un día de ayuno, es decir, privarnos voluntariamente de algo para entregarlo a aquel que lo necesita más que yo. Este desprendimiento es de gran valía para reflexionar en la muerte del Señor, pero guiando nuestra mirada hacia la resurrección.

En este momento, ¿cargas alguna cruz en tu vida? ¿La sientes muy pesada y, por tanto, incapaz de llevarla? Mira hoy a Cristo en la cruz y, a partir de esa contemplación, descubre la luz que necesitas para llevar con dignidad la cruz que cargas.

Tengan presente que siempre los recuerdo y oro por ustedes.


Jaime Alberto Marenco Martínez
“Ante ti, Señor mío, están todos mis anhelos.”
Salmo 38 (37), 10

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