lunes, 13 de mayo de 2013

La dura realidad del exministro colombiano, Andrés Felipe y Catalina, su esposa.



Si visualisáramos el futuro, no presenciaríamos actos ilegales en Colombia.
Pienso que no tendríamos que ser magos, ni adivinos para evitar estas situaciones tan tristes.
En mi vida periodística he hecho muchos comentarios sobre el tema. Algunos, siento, que han servido de algo. Otros, me han servido para ganarme malquerencias.
Esto que le está ocurriendo a Andrés Felipe, me llega al alma, aunque nunca he cruzado con él una sola palabra.
Eso me ocurría con un gran profesional al que siempre admiré: “Eviten que él se meta en malos pasos”, le decía a sus amigos más cercanos. Y ellos me respondían: “Ya le hemos dicho y dice que todo está bien”.
“Estoy observando que estás leyendo a Maquiavelo”. Y él sonreía.

Y tuve razón: Ahora está fuera del país, porque si lo “pilla” la justicia colombiana debería pagar varios años de cárcel. Pero él afirma todavía que no realizó ningún acto ilegal.

Si actuáramos como las leyes nos indican, seguro que evitaríamos muchas lágrimas, como las que están derramando Andrés Felipe y Catalina.
Su historia también nos hace llorar a nosotros, que estamos lejos de esa realidad. No se justifica que un joven bien preparado con una linda esposa y dos hermosos niños estén pasando por esta situación.

¿Aprenderemos?
¡Yo pienso que si!
Las sociedades como la colombiana, se van construyendo y madurando con los años… En mi próxima visita a este mundo, espero tener mejores noticias.

RADAR,luisemilioradaconrado

La dura realidad del exministro de agricultura y Catalina, su esposa, es hoy una pesadilla.

Cuando escuchó las palabras del magistrado Ramiro Riaño, Catalina no pudo evitar las lágrimas. Acercándose a la baranda de la sala de audiencias, detrás de la cual estaba sentado Andrés Felipe Arias, su marido, abrazó su cabeza y lo besó en la frente. También a él se le humedecieron los ojos sin poder ocultar su tristeza.

A mí, como a muchos, me dolieron estas imágenes registradas por los fotógrafos de la prensa. Pero la verdad es que no me sorprendieron. La víspera, una tarde soleada como pocas en esta época de lluvias, había estado largo tiempo en un salón de la Escuela de Caballería con Andrés Felipe, su esposa, sus padres y sus dos pequeños hijos, Eloísa y Juan Pedro. Todos compartían la misma esperanza. Todos, sin excepción, esperaban confiadamente que en la audiencia prevista para el día siguiente, Arias pudiera volver a su casa tras 650 días de reclusión a fin de preparar su defensa.
“Hasta ahora –me dijo– he estado detenido por el supuesto peligro de influir sobre los testigos presentados por la Fiscalía. Nunca entendí cómo podría influir sobre ellos, pero ahora, descartado ese supuesto riesgo, todo juega a favor de mi libertad. Tengo 350 pruebas documentales y 52 testigos que pueden corroborarlas”.
Alta, bonita, delgada, con una chisporroteante vivacidad, Catalina Serrano, su esposa, intervino: “Por fin vas a tener la oportunidad de defenderte en libertad, ya va a terminar esta pesadilla”, le dijo. Y luego, volviéndose hacia mí: “Cada oportunidad que ha tenido Andrés Felipe para pedir su libertad es para nosotros una ilusión gigante, pero cuando las cosas no se dan, eso mata”.
Contemplando a la joven pareja, uno no deja de considerar con cierto estupor los inesperados caprichos de su destino común.
Seis años y medio atrás, cuando se casaron, todo les sonreía. Comprometido con la causa de Álvaro Uribe, Arias había sido designado por él ministro de Agricultura. Era visto por la opinión como un precoz heredero suyo. ‘Uribito’, lo llamaban. Tenían muchos rasgos comunes. De su lado, Catalina apareció en su vida con los destellos propios de una joven ejecutiva que se había hecho notoria en el sistema financiero. Sin embargo, su real secreto no era, como podría suponerse, el de acceder a la empinada cumbre de los negocios, sino algo más simple, más natural: ser esposa y mamá. Así se lo hizo saber a aquel joven y lúcido ministro cuando se conocieron.
 
El suyo fue un amor a primera vista. Nunca imaginó Catalina que la invitación que le hizo una noche para cenar en un restaurante de la Candelaria tuviera como epílogo una propuesta matrimonial, acompañada de una serenata. Solo nueve meses después de haberse conocido, se casaron en una iglesia del municipio de Sopó.
Transcurridos dos años, Catalina decidió abandonar sus actividades profesionales para ocuparse enteramente de Eloísa, su hija recién nacida. Desde el ámbito confortable de su hogar, en medio de pañales y biberones, seguía la febril actividad de su esposo, primero como ministro y luego como precandidato presidencial del Partido Conservador.
Nunca llegó a imaginar lo que vendría después. Me refiero al mal llamado escándalo de Agro Ingreso Seguro. Difundido por los medios de comunicación y aupado por los adversarios del presidente Uribe, tuvo para el matrimonio sombrías e inesperadas consecuencias. La más dura, desde luego, fue la reclusión de Andrés Felipe Arias en la Escuela de Caballería.
 
Un feroz repudio
“Cuando Andrés fue detenido –cuenta hoy Catalina–, Juan Pedro, nuestro segundo hijo, tenía apenas veinte días de nacido. Yo no trabajaba, y de pronto tuve que enfrentarme a la dura realidad de que quien generaba los ingresos en la familia era mi esposo. Yo no podía salir inmediatamente a buscar trabajo, pues estaba criando al niño. Así que lo primero que hice fue intentar arrendar nuestro apartamento para pagar la cuota del crédito y yo poder mudarme con los niños a uno más pequeño. Esperaba prontamente volver a trabajar para poder sobrevivir. Pero, horror, no era posible alquilar nuestro apartamento. Las agencias me lo rechazaban. Incluso, algunas embajadas, al saber quiénes éramos los propietarios, nos lo devolvían.
“Después de todo, nada de eso me extrañaba. Antes de que Andrés fuera detenido, éramos víctimas de un feroz repudio. Salíamos a la calle con la niña y nos insultaban. Íbamos a un restaurante y gente que ya había ocupado su mesa se levantaba para irse, diciendo: “No queremos estar sentados al lado de un ladrón”. En un centro comercial oíamos decir a nuestro paso: “Se deben estar gastando la plata de Agro Ingreso Seguro”. Absurdas locuras, cuando en realidad estábamos enfrentando apuros económicos para pagar la cuota del apartamento”.
Y aquí es cuando se encuentran con una terrible realidad de nuestra justicia: los fiscales acusan ciegamente sin examinar a fondo pruebas y testimonios. De su lado, a los reporteros suele interesarles ante todo el escándalo de una impugnación sin detenerse siquiera a examinar su validez. Por su parte, enemigos políticos de un acusado sacan provecho de esta situación. Y la opinión pública, influida por ellos, hace precipitados juicios de valores.
Si uno mira con cuidado la verdad y solo la verdad de este proceso, se da cuenta de sus falsedades. A Arias se le acusa de haber celebrado un convenio directamente con el IICA (Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola), sin haber convocado a una licitación pública. Pues bien, esta aseveración es a todas luces arbitraria. Todos los ministros de Agricultura, desde hace más de cuarenta años, han celebrado convenios con esta misma entidad, teniendo en cuenta que precisamente era la más segura y respetable. No en vano el IICA depende directamente de la OEA. Sustituirlo por un particular que decidiera a quien otorgarle recursos se habría prestado, muy seguramente, a escándalos de corrupción.
Hubo ciertamente una irregularidad que en principio benefició a la familia Dávila y otros, cuando fueron subdivididos terrenos fraudulentamente para obtener recursos del programa agrícola. ¿Se hizo ello con la complicidad o en beneficio económico o político de Arias, como lo ha sostenido la Fiscalía? No hay prueba alguna de ello. “Todos –dice él– han dicho que no me conocían, que no me dieron un peso, ni siquiera para mi campaña. Los Dávila y otros beneficiarios del programa se entendieron únicamente con el IICA, pero una vez conocidas las irregularidades de las que fueron autores, devolvieron los fondos recibidos”.
 
Otro infundio que se ha propagado por cuenta de enemigos y adversarios, y acreditado por la propia Fiscalía, es el que sostiene que el programa de Agro Ingreso Seguro estaba dirigido para favorecer a unos cuantos ricos, sustrayéndoles esos recursos a los agricultores pobres. Arias está dispuesto a demostrar que no es así. En solo dos años, de 2007 a 2009, el programa favoreció a 386.000 familias. “Se trataba –recuerda él– de una política pública encaminada a aumentar la productividad del campo, y a disminuir el desempleo rural. No era un programa social como Familias en Acción y otros del mismo género encaminados, estos sí, a servir de ayuda a los sectores más pobres del país. No excluía, desde luego, a los empresarios. El empresario –no lo olvidemos– genera empleo, genera alimentos, genera inversión, genera divisas, genera estabilidad en zonas rurales alejadas”.

Ingredientes políticos
No hay duda de que todo ello es cierto. El cuento de que favorecer a los empresarios va en detrimento de los pobres es propio de una izquierda elemental, parienta del chavismo, que solo admite el reparto de tierras a los campesinos y no el desarrollo de modernas empresas agrícolas.
En este proceso contra Andrés Felipe Arias hay definitivamente ingredientes políticos e ideológicos que fabrican pruebas. ¿Cuál es, en efecto, la que hoy queda en pie contra él? La Contraloría decidió embargar sus recursos. ¿Cuáles eran ellos? ¿Sumas millonarias que puedan alimentar las sospechas contra él? No, lo único que tenía: el sueldo que ganaba como profesor en la Universidad Católica. De su lado, la Procuraduría lo inhabilitó por 16 años, pero ya el Consejo de Estado aceptó su demanda para tumbar dicho proceso.
La casa y sus hijos son sostenidos por su mujer. “Vivo en un estrés permanente –dice Catalina–. Es una angustia, es no poder dormir en las noches, es mantener aquí en el estómago una ansiedad que no te deja vivir en paz. Es incluso haber llegado a pensar que lo mejor que pudiera sucedernos sería morirnos los cuatro al tiempo”.
Todo esto se los oí decir la víspera de la audiencia. Estaban seguros de que él quedaría libre. En efecto, ¿qué razones había para seguirlo considerando un hombre peligroso y que como tal debía permanecer recluido?
De ahí que no me extrañara al día siguiente, después de la audiencia, ver a Catalina arrodillada contra la baranda y abrazada a Andrés Felipe, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
PLINIO APULEYO MENDOZA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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