El gobernador del Departamento del Atlántico, Eduardo Verano De la Rosa, atento a lo que está sucediendo, a fin de evitar tropiezos por el Fenémeno del Niño.
RADAR,luisemilioradaconrado
@radareconomico1
Gobernador VERANO revisando la ribera del Río Magdalena, para evitar sorpresas
Hoy
hicimos un recorrido por la ribera del Río Magdalena para identificar
los puntos críticos de la se sequía que nos está generando el Fenómeno
del Niño.
En Sabanagrande no hay inconvenientes.
La normalidad de la
captación del agua de la Estación de Tratamiento de Agua Potable nos
permite dar un parte de tranquilidad a los habitantes de Sabanagrande,
Palmar de Varela, Santo Tomás, Baranoa y Polonuevo. #AtlanticoLider #VeranoMiGobernador
El metro de Bogotá, qué espera tan prolongada...
Thierry Ways habla del tema.
RADAR,luisemilioradaconrado
@radareconomico1
Los otros metros
Por: Thierry Ways
2016-01-09
Desde hace años, lustros, décadas, asistimos al interminable
debate sobre el metro de Bogotá. Que si lo van a hacer o no lo van a
hacer; que si con estos estudios o con otros nuevos; que si será aéreo y
“más cerca de las estrellas”, como la capital, o rastrero y
subterráneo, como las coimas del cartel de la contratación. “Bogotá se
merece su metro”, reza cierto argumento, impecablemente técnico,
esgrimido con frecuencia. El alcalde entrante, al igual que sus
predecesores, ha prometido construirlo, pues prometer que se va a hacer
el metro es requisito para aspirar a ocupar el Palacio de Liévano.

Ya veremos. Pero la cruda verdad es que, se haga o no se
haga, el metro bogotano será un fracaso. Será un fracaso si no se hace,
pues la ciudad necesita con urgencia un sistema de transporte masivo
adecuado a su crecimiento económico y poblacional. Pero si sí se hace,
costará varias veces lo presupuestado y tomará mucho más tiempo del
programado. Mientras se termina, las obras empeorarán aún más la
congestión vehicular, durante años, y el endeudamiento para financiarlo
será tal que nuestros bisnietos estarán pagando por un sistema de una o
dos líneas que ya era obsoleto e insuficiente el mismo día de su
inauguración. Bogotá llegó (pero todavía no ha llegado)
irremediablemente tarde a la posibilidad de su metro, por lo que, a
estas alturas, cualquier solución que se encuentre inevitablemente será
subóptima.

Lo que me trae al punto de esta columna. En Colombia hay varias
ciudades cuyo crecimiento exige sistemas de transporte público
eficientes, antes de que su movilidad colapse. Ciudades como Cali,
Bucaramanga, Barranquilla y Santa Marta, que dentro de unas décadas
tendrán el tamaño y los problemas de la capital, pero que aún están a
tiempo de evitar sus errores. La parálisis de esas ciudades se agravará
más rápido que la de Bogotá, que tenía mucha más capacidad vial cuando
explotó la compra de carros en el país. Para prevenirla, esos centros
urbanos necesitan pensar desde ya en soluciones de transporte audaces y
transformadoras, con capacidad de ensanche para que sigan creciendo a
medida que la ciudad se expande. Tranvías, monorrieles, trenes,
“transmilenios”, o una combinación de varios de ellos: todo debe
considerarse, sin complejos de inferioridad de ciudad pequeña, para que
no les suceda lo de Bogotá. En la era actual, el futuro de las ciudades
está determinado en gran parte por la movilidad. Así lo entendió
Medellín en su momento.
Los metros de París, Nueva York y Londres no se construyeron cuando
esas ciudades eran las grandes urbes que son hoy, sino hace más de 100
años, cuando su población era similar a la de una ciudad como Cali o
Medellín. Sus sistemas de transporte son la envidia del mundo gracias a
que se comenzaron a tiempo, con una ejemplar visión de futuro que estaba
por encima de las rencillas cositeras de los mandatarios de turno. Para
Bogotá es demasiado tarde para tener un sistema de transporte de esas
características a un costo razonable. Pero otras ciudades del país
pueden evitar esa suerte si empiezan a pensar en grande desde ahora. Las
ciudades no se “merecen” nada solo por existir: se merecen lo que
construyen. Es el momento de comenzar a hacerlo.
@tways / ca@thierryw.net
Reforma laboral pendiente
Por: César Lorduy
2016-01-09
No es mucha nuestra historia legislativa que se refiera al
trabajo por cuenta ajena, pero sí ha sido una constante que todas las
normas que lo han regulado lo han hecho de manera aislada, lo que hace
difícil su interpretación y su cabal cumplimiento porque, incluso,
algunas de ellas son a veces contradictorias e inconexas entre sí.
Así lo dijo la Comisión encargada en 1948 para que formulara
un proyecto de Código sobre la materia, que quedó cristalizado en el
Decreto 2663 de 1950.
Este Código recogió muchas disposiciones existentes, la
mayoría producto de las Constituciones de 1886 y 1936, así como de
convenios con la OIT, que regulaban aspectos como la libertad de abrazar
cualquier oficio u ocupación honesta sin necesidad de pertenecer a
gremio de maestros o doctores; el derecho de reunión y de asociación, y
sobre pensiones de jubilación que no eran personal ni hereditaria, y que
en el caso de los militares, servidores y empleados públicos debían
demostrar que habían trabajado, por lo menos, durante 20 años “con
inteligencia y pureza”, que carecían de medios para la subsistencia y
que no habían sido sindicado de corrupto o prevaricato.
Igualmente, recogió disposiciones sobre accidentes de trabajo,
sindicatos, arreglo directo, conciliación y arbitraje; contratación
colectiva y derecho de huelga. Por cierto, esta última tiene la marca de
la ciudad, ya que aquí ocurrió el 16 de febrero de 1910 la primera
huelga del país contra una empresa privada, denominada ‘Los braceros de
Barranquilla’.
También el Código de 1950 incluyó la protección de menores; descanso
dominical obligatorio; jornada laboral de ocho horas y pago personal de
sueldos y salarios a menores y mujeres, que hasta 1931 solo se le
entregaba a los padres, esposos o representantes legales, y en su
modificación de 1965 incluyeron la retroactividad de las cesantías, los
contratos indefinidos y el monto de las tablas de indemnización, entre
otras disposiciones.
Hemos tenido otras reformas que nos acercan a lo que se quiso
corregir en 1948, tales como la flexibilización laboral (Ley 50 de
1990); la eliminación de la estabilidad reforzada respecto de los
trabajadores con más de 10 años de servicio; la creación del régimen de
liquidación anual de cesantías; la contratación a término fijo por
períodos inferiores a un año; la redefinición conceptual del salario y
los pactos de exclusión, salario integral, y la eliminación de la
presunción laboral en la prestación personal del servicio cuando se
trata de contratos civiles o comerciales.

Pese a estas y otras reformas –hoy se debaten más de diez en el
Congreso–, algunas de las cuales en vez de crear empleo pueden causar
todo lo contrario, sigue pendiente la que ordena la Constitución de
1991, que autoriza y obliga al Legislativo – que no ha hecho la tarea y
facilita la dispersión normativa – a expedir el Estatuto del Trabajo
basado en unos principios mínimos fundamentales, sobre los cuales la
Corte Constitucional ha desarrollado líneas jurisprudenciales que se
vienen aplicando sobre el fuero de maternidad, los ajustes salariales,
los trabajadores sindicalizados, disminuidos, etc., dando origen a lo
que hoy llamamos la Constitucionalización del derecho laboral.
@clorduy - Clorduym@gmail.com