domingo, 27 de diciembre de 2015

El hambre y la desnutrición acaban con parte de la población de La Guajira, Colombia

  
Lo que nos escribe nuestro amigo y colega Ricardo Rocha desde Estados Unidos es triste, doloroso, injusto, cruel, imperdonable y casi todos tenemos un pedazo de culpa.
Colombia, un país que, en medio la crisis mundial ha ido aprendiendo a hacer negocios, NO ha podido superar la desnutrición que padecen las familias pobres de La Guajira.

Vergüenza les debe dar a los mandatarios que han pasado por el territorio guajiro: gobernadores, alcaldes, consejales, diputados, periodistas, líderes de todos los pelambres porque han permitido que esto sucediendo en un sitio colombiano donde hay tantos recursos.

Se duele Rocha, al teclear cada palabra. Y sé que su sentimiento es sincero.
¿Cómo hemos permitido que esto esté ocurriendo en nuestra nación?

Indolentes que somos...

RADAR,luisemilioradaconrado 
@radareconomico1
Pd: Barranquilla se desarrolla y avanza, mientras los niños se mueren en La Guajira.

De Ricardo Rocha:

Por estos dias volvió a salir una noticia, muy tímida, sobre el problema de la desnutrición infantil en la Guajira, especialmente entre la población aborígen, y según las cuentas oficiales, más de 400 niños han muerto por desnutrición. 
El asunto no es nuevo, pero persiste a pesar de los ríos de dinero que se le han tirado. 
Antes, cuando las regalías eran directas, hubo mucho dinero para eso y aún hoy también hay una apreciable cantidad de dinero para tales menesteres... pero los niños guayús siguen muriendo victimas de desnutrición. 
El Tiempo publicó este informe del cual tomé la parte pertinente, porque considero que es una vergüenza, no solo para el gobierno, sino para todos los colombianos qué esto esté ocurriendo.

 
El hambre y la desnutrición acaban con parte de la población de La Guajira, Colombia
 
 
Jamu (el hambre) persigue y atormenta a los wayús arrojando flechas sobre sus huellas. Ha llevado a la tumba a 4.770 personas en los últimos 8 años y 34.000 están desnutridas. La etnia hizo el censo de sus penurias para llamar la atención del Gobierno y del mundo. El fantasma de la escasez y de la miseria convive con sus habitantes en esa gran nación ubicada en la parte más septentrional de la América del Sur, en territorio colombiano y venezolano.


Las mujeres, dueñas de una tradición culinaria excepcional, hoy se lamentan porque sus fogones están apagados. Por generaciones prepararon en ellos yajaushi (mazamorra espesa de maíz, leche y sal), yaja (especie de bollo de maíz acompañado de carne de chivo fresca), las arepas de pulpa del cardón o el yosu, cuya fruta llamada igüaraya tiene gran cantidad de proteínas. Históricamente estos alimentos fueron la base del sustento de la etnia; pero la escasez de agua ha hecho que estas tradiciones se pierdan y con ello lleguen el hambre y la desnutrición.

Cuando la sequía no está presente, el desierto es el rey de una producción de süchon (frutos) que crece en la gran nación wayú. En los meses de septiembre y octubre, y hasta finales de diciembre se extiende el periodo de lluvias, el cual es aprovechado por los wayús para sembrar. Durante este lapso, parte de la dieta indígena se compone de ahuyama, sandía, fríjol, y la recolección e ingesta de frutos del bosque, entre otros.
El pueblo crece y se extiende con sus problemas. Hay alimentos esenciales en la vida wayú que tienen dificultades para su producción en un medio desértico sin lluvias y que son reemplazados en el mercado alijuna (el de la gente blanca). Se dejó de sembrar y procesar la caña de azúcar, el ajonjolí, el maguey. Y es creciente la compra en el mercado de productos como arroz, pastas, manteca de cerdo, gaseosas. Este es uno de los mayores problemas de la dieta actual wayú, por su enorme aporte en carbohidratos y calorías, en detrimento de proteínas, vegetales y vitaminas.

La sequía que trae la muerte

Según el Instituto de Hidrología Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), el déficit de lluvias en La Guajira es del 70 %.
Explica el antropólogo Wílder Guerra, uno de los más estudiosos del pueblo wayú, que jamu, entonces, va y viene con la brisa que sopla sobre la geografía guajira y deja una marca que lleva a vincular al territorio con seres humanos condenados a la esterilidad de sus tierras y a prolongados períodos de debilidad por falta de alimento.



En 2013, por ejemplo, disminuyeron considerablemente las lluvias. Y en esos mismos años, según reportó el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane), los menores de 5 años fallecidos por desnutrición aumentaron en diez casos, pasando de 33 a 43, casi un niño más muerto cada mes de ese año. A menos lluvias, menos agricultura y más animales muertos; por tanto, no hay proteínas para alimentar a los menores.
A la sequía le siguen el hambre, la desnutrición y, solo entonces, la muerte, que pone fin a la tortura que significa vivir sin comer. Mariángela Epiayú, de 18 años, relata su historia. El hambre le arrebató a su única hija. No valieron las visitas al médico. Jamu, se metió en el cuerpo de la bebé y robó su vida. “Siento dolor por haber perdido a mi hija, la extraño. Ahora, al llegar a la casa no la encuentro y me siento muy mal”.

Según estudios recientes, las alarmas sobre el estado nutricional de la población indígena son cada vez más frecuentes. Los indígenas wayús no comen bien. De hecho, el 90 % de las familias padecen de escasez cíclica de alimentos.
La encuesta nacional de salud y situación nutricional de Colombia, 2010, confirma que en La Guajira el índice de desnutrición global es del 11 %. Así mismo, el 3 % de los niños menores de 5 años padecen desnutrición crónica y el 11 %, desnutrición global.

Según un estudio del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), reportado por la fundación Juan Felipe Escobar, que adelantó una brigada de atención en el departamento en el 2014, más de 2.000 niños menores de 5 años resultaron con problemas graves de desnutrición, de los cuales por lo menos 500 tienen desnutrición severa y riesgo de fallecer. También se registran altos índices de mortalidad materna.

Rafael Epiayú es palabrero y maneja el arte wayú de negociar los pleitos. Él, como autoridad máxima de la ranchería Cachuama (Manaure), se lamenta porque la sequía está evaporando todo, hasta las tradiciones. “Nadie nos ayuda ni nos tienen en cuenta. Parece que estamos condenados a morir de hambre”, dice en wayuunaiki.
Y va más allá en lo que significa no tener alimentos, como los chivos, que también son su moneda de cambio. “No tener chivos afecta las relaciones que tenemos en la comunidad; por ejemplo, para tener una unión marital, porque no podemos pagar las mismas dotes. Si antes pedían 100 chivos los entregábamos porque había, ahora no tenemos y hay que caminar de comunidad en comunidad para que nos fíen chivos y así poder cumplir esas peticiones de dote o de invitaciones que haya en alguna otra comunidad”. La escasez extingue su cultura.
 
CIDH le quiere ganar a ‘jamu’
En medio de un panorama desalentador, los wayús ganaron una primera batalla que comenzaron en febrero del 2015. Reclamaban acceso a agua potable y seguridad alimentaria para los niños.
Javier Rojas Uriana, líder de la Asociación Shipia Wayuu, explicó que el Cerrejón (la mina que explota carbón a cielo abierto en La Guajira) consume 34.903 metros cúbicos de agua al día, en comparación con el consumo de las rancherías más cercanas, que solo pueden consumir entre 2.000 y 5.000 metros cúbicos al día, una cantidad que no es suficiente para satisfacer sus mínimas necesidades.
Eso los llevó a solicitar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) las medidas cautelares en favor de los niños de Uribia, Manaure, Riohacha y Maicao, y el organismo se las concedió, ordenando al Gobierno colombiano a que le haga frente a un tema de seguridad alimentaria.
La CIDH considera que los miembros de estas comunidades se encuentran en una situación de gravedad y urgencia; por tal medida, la exigencia al Gobierno es asegurar la disponibilidad, accesibilidad y calidad de los servicios de salud, con un enfoque integral y culturalmente adecuado, con el fin de atender la desnutrición infantil, así como tomar medidas inmediatas para que esas comunidades puedan tener a la mayor brevedad agua potable y alimentos de calidad y en cantidades suficientes.
 

Javier Rojas recita de memoria los múltiples intentos de los wayús por lograr la reivindicación de sus derechos a un ambiente sano y seguro, pero nunca han obtenido una atención adecuada de parte del Estado colombiano. Explica el líder indígena que “el Gobierno habló de la puesta en marcha de un programa de recuperación nutricional que beneficiará a 7.000 niños, cuando el censo nuestro indica que 34.000 están en graves problemas. Entonces, nos preguntamos: ¿y los restantes? Parece que no han querido mirar a La Guajira como debe ser”.
‘Juya’ (lluvia) de dinero, no de agua
 
El incontrovertible riesgo que padece en la actualidad la población wayú disparó una juya (lluvia) de dinero que no para. Según datos del ICBF, en los años 2013, 2014 y 2015 se han invertido $ 171.124 millones en contratos con 75 fundaciones de La Guajira, para atender a la primera infancia en todo el departamento.

Lo anterior, sin contar con los recursos que también han destinado otras organizaciones internacionales, la empresa privada y la gobernación del departamento, específicamente para combatir la desnutrición.

La gobernación de La Guajira, en los años 2013 y 2014, ha invertido $ 35.000 millones para atacar el problema de la desnutrición infantil. Y en el 2015, $ 17.500 millones.
El secretario de Salud Departamental, Gonzalo Francisco Araújo Daza, asegura que sí han atendido el problema. Niega que hayan muerto todos los niños que reporta Javier Rojas Uriana. “Según la estadística oficial, en el 2013 fallecieron 23 niños por causas asociadas a la desnutrición; en el 2014 la cifra fue de 46 y en lo que va del 2015, faltando algunos reportes, 32. Sobre eso es bueno aclarar que en los últimos cuatro años se reportan más los casos que en los años anteriores”.
 
Para el médico Spencer Rivadeneira, la discusión por las cifras no va a remediar el problema de desnutrición que está asociado a varios aspectos que merecen ser atacados por el Gobierno y el pueblo wayú de diferentes maneras. A sus palabras se suma el antropólogo Wílder Guerra. Ambos dejan ver que temen porque esas políticas no cambien, ya que se invierte dinero, pero el problema sigue igual o peor.
La lluvia de dinero dizque para salvar al pueblo wayú, hasta ahora solo ha servido para que decenas de fundaciones contraten con el ICBF y la Gobernación desarrolle los programas que tiene a su alcance, mientras el pueblo intenta sobrevivir en el desierto, en condiciones cada vez más lamentables.

 

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