sábado, 19 de junio de 2010

Murió José Saramago, el melancólico rebelde


Me imagino que muchos latinoamericanos están de acuerdo con el pensamiento de José Saramago, quien acaba de fallecer.

Por algo alcanzó el Nobel, a pesar de que tuvo mucha resistencia, al principio.

A pesar de ser pobre.
A pesar de sus carencias y de las injusticias de la vida… escribió mucho y enseño muchísimo.
Un rebelde que escribió lo que muchos quisiéramos escribir.
Él representó a muchos seres humanos a través de sus escritos, sus novelas y sus discursos.

Murió con honores y como se lo merecía por todo lo que representó y representa.
Ojalá lo podamos leer y comprender en toda su dimensión.


Estos dos textos nos servirán para involucrarnos un poco más en su vida.
Uno entró por la Red de Periodistas y el otro está en el blog: Puntos de vista y algo más.

Yo le adiciono algunas frases que les permitirán entenderlo más… Lástima que fuera un ateo irremediable.

LuisEmilioRadaC



José Saramago, el melancólico rebelde
El primer Nobel portugués muere en su residencia de Lanzarote a los 87 años de edad tras dejar una obra marcada por el pesimismo y la denuncia.

ELCULTURAL.es


El pasado mes de noviembre Saramago se dejó caer por Madrid para presentar su última novela, Caín, en la que volvía a reinterpretar, en clave crítica, la Biblia. Su rostro, consumido y grave, era un presagio de que el fin estaba cerca. Un caminar frágil y dubitativo añadía mayor carga dramática a la escena. La muerte le acechaba por los rincones. Hoy le ha asestado el golpe definitivo y nos ha dejado sin el primer Nobel de la lengua portuguesa, un autor cuya obra se vertebró a partir de la melancolía, la pobreza y la rebeldía contra las infinitas iniquidades de este mundo.

Todo empezó en Azinhaga, en 1922. En ese pequeño caserío del distrito de Ribatejo, a 100 kilómetros de Lisboa, vio la luz por primera vez Saramago. Y lo que encontró no era un panorama muy alentador. Sus padres, campesinos sin tierra, tenían muchas dificultades económicas. Cuando tenía tres años se trasladaron a la capital, en busca de mejorar su fortuna, pero ésta se mostraba esquiva. Las penurias continuaban cercándoles. Ese origen quedó grabado para los restos en la conciencia del futuro escritor, que siempre tuvo claro al lado de quién debía estar: su pertenencia al Partido Comunista portugués, que tantos reproches le ha ocasionado, se ha mantenido inquebrantable hasta hoy, día de su muerte.

Su carrera literaria estuvo soterrada durante décadas. La biblioteca pública de barrio amamantó sus afanes lectores desde que era un niño. Los primeros libros -poesía sobre todo-, publicados en la década de los 40, se estrellaron contra el ninguneo de la industria editorial, de los lectores y de la crítica. Nadie le prestó demasiada atención. Saramago entonces se agazapó en un trabajo gris como administrativo. Seguía escribiendo, pues su vocación le empujaba a hacerlo, pero sus esperanzas de ser alguien en la literatura portuguesa se habían evaporado. Su escritura se centró en el ámbito periodístico, como crítico literario.

Tres décadas transcurrieron hasta que retomó el pulso de la novela. En 1977 aparece Manual de pintura y caligrafía. Pero cuando realmente empieza a llamar la atención de los estamentos culturales del país luso fue cuando publicó, en 1982, Memorial del convento, en la que reconstruye los horrores que la Inquisición infligía al pueblo.

Este libro incomodó a la Iglesia, que ya desde ese momento sería una tradicional enemiga de su obra. El desencuentro entre la institución eclesiástica y el autor se fue acentuando con la publicación de El evangelio según Jesucristo (1991). Los católicos portugueses lo consideraron una ofensa directa contra su credo. Los ataques contra el escritor se recrudecieron de tal manera que éste optó por abandonar el país e instalarse en Lanzarote, donde ha vivido desde entonces con su mujer, la periodista Pilar del Río.
Caín, su última novela, insistía en remover los cimientos en los que se asienta la fe cristiana. Durante la presentación de este libro en Madrid llegó a decir que la Biblia era el “perfecto manual de las malas costumbres humanas” y un libro “donde reina la muerte y la violencia”.

En su obra también sobresale una profunda introspección en la condición humana.

Saramago refleja el alma de los hombres en muchas de sus novelas, y afloran sus virtudes y sus miserias: la avaricia frente a la generosidad, la integridad frente a la doblez, la tolerancia frente a los prejuicios... Ejemplos paradigmáticos de esta vertiente analítica son Ensayo sobre la ceguera (1995), adaptada al cine por Fernando Meirelles, y en la que todos los habitantes de una ciudad van progresivamente perdiendo la vista; La caverna (2000), en la que denuncia la desaparición del mundo rural y la eclosión de los megacentros comerciales en los que, poco a poco, es posible vivir sin necesidad de salir de sus muros; y Ensayo sobre la lucidez (2004), un tratado personalísimo sobre los límites y debilidades de la democracia.

El espaldarazo definitivo a su dedicación por la literatura lo recibió Saramago en 1998, cuando la Academia Sueca decidió concederle con el premio Nobel. En su discurso elogió el mundo campesino de donde procedía y en particular a sus abuelos: “Los hombres más sabios que he conocido, y eso que no sabían ni leer ni escribir”.

El autor portugués sacaba a colación a Gramsci cuando se veía obligado a definirse como hombre: “Pesimista por la razón y optimista por la voluntad”. Y su obra suscribe esa afirmación. El tono desesperanzado de su narrativa esconde en el fondo un deseo de cambio, de mejorar, siquiera levemente, un mundo carcomido por la injusticia.

Del Blog: Puntos de vista y algo más...

19 junio, 2010
José Saramago

El 8 de octubre de de 1998 leí en el teletexto la noticia de la concesión del premio Nobel de literatura a José Saramago, y minutos después recibí la llamada de mi madre, que quería felicitarme y darme la noticia. Le di las gracias y comencé a hablar con una alegría e ilusión desbordante, hasta que me di cuenta de lo ridículo de la situación, puesto que el premiado no era yo, que jamás he escrito nada medio decente. Entonces comprendí que cuando premian a un escritor, los lectores asiduos recibimos también un pequeño galardón.

Mientras veía las imágenes de José Saramago en el aeropuerto de Frankfurt, recordé aquella tarde del 27 de mayo de 1993, cuando me firmaba un ejemplar de Historia del cerco de Lisboa en la Avenida de Huelva de la capital pacense, apretaba mi mano y era interrumpido por Pilar del Río, que le daba la triste noticia del infarto de Julio Anguita. Desde entonces he ido leyendo sus libros y mentiría si dijera que todos me han gustado y apasionado. Como nos pasa a quienes tenemos debilidad por los postres, algunos nos parecen deliciosos y otros, sin negar su calidad, los encontramos demasiado dulces o de difícil digestión.

Para hablar sobre su vida, obra y milagros habrá voces acreditadas y a buen seguro que más de uno glosa su compromiso social y político por un mundo más justo. Si en un asunto Saramago ha sido capaz de levantar polémicas es en torno a una especie de iberismo del tercer milenio que cada verano aparecía como una serpiente con la que rellenar los huecos de los periódicos.

En más de una ocasión escribí sobre el asunto, preocupado por uno de los puntos de esa fusión ibérica que a Saramago parecía no inquietarle demasiado y que considero un escollo difícil de solucionar: una República Federal Ibérica podría suponer la desaparición en Europa de la cultura lusófona, porque no me imagino a un funcionario en Madrid hablando en portugués a un ciudadano, sino que el nuevo estado de las Españas (apelo al sentido originario del término) se fundamentarían en que cada uno en su casa puede hablar lo que quiera pero la lengua única, común, valiosa y verdadera sería el español, idioma que, para que no haya dudas, es mi lengua materna y la admiro e intento cuidar tanto o más que los que quisieran que desaparecieran las restantes lenguas peninsulares.

A pesar de que no me hayan llenado alguno de sus libros, aunque haya discrepado en algún posicionamiento político y me parezcan matizables algunos puntos de su estrategia iberista, Saramago va a ser uno de los más importantes intelectuales del siglo XX e inicios del XXI. Su capacidad para ver en los problemas de hoy la existencia de enfermedades mal curadas del pasado, es ya una escuela de analizar la realidad. Sus novelas nos han cambiado a muchos la manera de percibir muchos actos cotidianos de la vida: cada vez que entro en un centro comercial me acuerdo de A Caverna, cada vez que corrijo un texto me viene a la mente la História do Cerco de Lisboa, cada vez que a alguien no le arranca el coche en un semáforo pienso en Ensaio sobre a Cegueira, y siempre que me entero de una decisión estúpida y megalómana de un político recuerdo A Viagem do Elefante.

Cuando un escritor se muere, se va también algo de nosotros. A algunos nos queda el consuelo de poder releer su obra e imaginar qué habría dicho José ante cada una de las injusticias que se cometen en el mundo. Como dijo Ángel Campos Pámpano, Mientras pueda pensarte no habrá olvido.

Publicado por Puntos de vista y... nada más los 12:43 PM

Frases de José Saramago
José Saramago » últimas frases

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.
Derrota

Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.
Enfermedad

Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.
Optimista

No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.
Ateo

Soy un comunista hormonal.
Comunista

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.
Nombre

¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?
Asesinato


Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.
Ciego

No te pido que me lo cuentes todo, tienes derecho a guardar tus secretos, con una única e irrenunciable excepción, aquellos de los que dependa tu vida, tu futuro, tu felicidad, ésos quiero saberlos, tengo derecho, y tú no me lo puedes negar.
secreto


El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia.
Democracia

No busques trabajo: escribe.
Escribir


Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada.
Sentido

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