El mundo es una locura.
La vida es una aventura… y los seres humanos hacemos parte del
mundo, la locura, la vida y esa aventura que nos toca vivir.
Esta historia de Fanny, nos enseña que lo que hemos vivido
nosotros es una tontería. La nuestra ha sido una vida suave, tranquila, sin muchos
afanes.
He estado muy cerca a la muerte.
Y esos pasajes, hasta me los he
gozado, pero no he tenido mucha tranquilidad, hasta en los momentos más
difíciles.
A Fanny le ha tocado más duro...
Es bueno conocer lo que le ha ocurrido a personajes como ella.
Luisemilioradaconrado
Pd: y lo chévere es
que sigue buscando una pareja…

La exdirectora de la Dian, famosa por haber sido “la cuchilla de los
contrabandistas”, ha vuelto a sonar por sus provocadoras columnas en el portal
Kienyke donde revela que fue alcohólica, que tiene una enfermedad mental y sus
aventuras sexuales. Quienes la conocieron cuando era directora de la revista
Dinero, creen que está mamando gallo porque sus escritos tienen ingenio y buen
humor. Pero ella asegura que todo lo que dice es verdad y lo va a contar en un
libro que está próxima a publicar.

Fanny Kertzman: “Soy la loca del paseo”
La exdirectora de la Dian, famosa por haber sido “la cuchilla de los
contrabandistas”, ha vuelto a sonar por sus provocadoras columnas en el portal
Kienyke donde revela que fue alcohólica, que tiene una enfermedad mental y sus
aventuras sexuales. Quienes la conocieron cuando era directora de la revista
Dinero, creen que está mamando gallo porque sus escritos tienen ingenio y buen
humor. Pero ella asegura que todo lo que dice es verdad y lo va a contar en un
libro que está próxima a publicar.
Fanny dice que los comentarios que le dejan sus lectores en Kienyke no le
afectan y que, por el contrario, la divierten. A algunos les cuesta creer que
estas columnas sean de la misma mujer que fue directora de la Dian entre 1998 y 2000. Foto: Cámara Lúcida/11.
“Los que lean esto van a pensar que estoy loca, por eso, antes de empezar,
quiero decirles que desde 2008 no me tomo ni un trago ni me fumo un cacho. Lo
que cuento en Kienyke pasó antes de esta fecha. Ahora estoy totalmente
regenerada”, dice Fanny Kertzman, quien se toma 13 pastillas al día para
mantenerse cuerda y saludable. En 2007 un siquiatra en Nueva York la
diagnóstico como bipolar II, una enfermedad maniacodepresiva, precisamente por
las características que tiene de pasar de estados de ánimo de energía exuberante
y rumba continua a profundos pozos de depresión.
Sus primeros episodios
de manía comenzaron cuando entró a dirigir la revista Dinero. “Mientras
construíamos la revista, tomé las riendas y escribía cerca de cinco temas por
ejemplar, editaba todos los artículos, revisaba el lay-out y manejaba la
ubicación de la pauta publicitaria. Trabajaba hasta las doce de la noche, tomaba
píldoras para dormir y empecé a consumir alcohol. Perdí cerca de 15 kilos. Esta
vez, con una buena siquiatra, prozac y litio salí de la depresión para entrar
nuevamente en la locura de la dirección de la Dian”.
Fanny tenía 39 años
cuando asumió uno de los puestos más peligrosos de Colombia, al que llegó en
1998 recomendada por Juan Camilo Restrepo, ministro de Hacienda de la
administración Pastrana. Allí se ganó el apodo de ‘La Cuchilla’ por sus peleas
con los contrabandistas. En esa época tenía nueve escoltas en una caravana de
tres carros y una moto. En 2000, las amenazas y el hastío por la incapacidad
del Congreso, la hicieron renunciar e irse como Embajadora de Colombia en
Canadá. “De haberme quedado en el país estaría en la cárcel o en el cementerio,
con más probabilidades en la primera. Estaría tejiendo sacos para bebé en el
Buen Pastor. Hubiera sido el chivo expiatorio del escándalo del momento, dado
que no tengo padrinos políticos”, dice.
Ahora, a sus 52 años, vive en un
sótano en Portland, Oregon, con su gata Cata; trabaja como intérprete para dos
agencias internacionales; gana muy poco dinero, pero aun así, dice que no quiere
regresar al país: “No puedo con los baños públicos de Colombia, esa es una
obsesión que tengo. En Estados Unidos nunca me ha tocado un baño sucio o que no
tenga papel higiénico. Además, si vuelvo tendría que trabajar con el Gobierno y
no quiero. Estoy segura de que en el sector privado nadie me contrataría por mi
reputación de peliona”. Dice que gracias a que vive en Estados Unidos, y no en
Colombia, es que ha podido contar en Kienyke su vida de una manera tan
descarnada y sin filtros. “Todo lo que cuento allí es verdad, no hay nada de
ficción. Son fragmentos de un libro que estoy escribiendo que espero publicar en
dos años”, y que tiene como título tentativo La loca del paseo.
En sus
columnas, Fanny ha llegado a revelar que tuvo dos abortos. Su primer embarazo
fue de mellizos que murieron a los cinco meses de concepción. “El médico, al
darse cuenta de la situación, tenía que provocarme un aborto. Cuando llegué a la
Clínica del Rosario en Medellín, manejada por monjas, se negaron en un principio
a hacer el procedimiento, arriesgando mi vida ante una septicemia, pero
finalmente les tocó”. El segundo embarazo fue aun más dramático. Sin saber que
estaba encinta y con un retraso de diez días, le salió un sarpullido por todo el
cuerpo. Le diagnosticaron rubéola. Tenía que abortar de nuevo porque el bebé
podía nacer sordo, ciego o con retraso mental. “En la pacata Medellín de los
años 80 no había cómo hacer el procedimiento, por lo que viaje a Bogotá a
hacerme un aborto en una clínica clandestina. Me aspiraron el útero sin
anestesia y de una manera tan burda que en Medellín me empecé a desangrar y
tuvieron que hacerme un legrado. Según el rezandero del procurador, Alejandro
Ordóñez, eso me hace una pecadora irredenta y una oveja descarriada”, dice
Kertzman, quien se profesa atea.
Finalmente tuvo a sus dos hijos. Perla,
de 28 años, quien vive en Portland; y Pedro, de 27, con el que perdió
comunicación hace más de un año. “Le escribo e-mails, pero no me contesta.
Siento que él no ha podido superar la muerte de su padre”.
Enrique Kacew
murió el 3 de abril de 2004 a causa de un cáncer en el cerebro. Él y Fanny se
conocieron como estudiantes del colegio Teodoro Herzl, pero se enamoraron, años
después, cuando los papás de Fanny, Abraham Kertzman y Raquel Yankelevitch, dos
inmigrantes rumanos que llegaron a Colombia a comienzos de los años 30, enviaron
a su hija a Israel con la excusa de que hiciera un posgrado, pero con la
verdadera intención de que encontrara un marido judío como lo obligaba su fe.
Fanny y Enrique se casaron en Medellín el 8 de diciembre de 1980, el
mismo día que asesinaron a John Lennon, y asistió toda la colonia judía y
algunos colombianos. El menú corrió por cuenta de doña Raica, la mamá de Fanny.
“Ella quería servir pavo, pero en Medellín no había. Enrique y yo viajamos desde
Bogotá con la tarea de traer cuatro pavos congelados. Nos cancelaron el vuelo y
se quedó el equipaje, con pavos incluidos, en los hangares de Avianca.
Finalmente llegaron con nosotros al otro día a Medellín y todo el mundo comió
pavo en la fiesta, menos Enrique y yo”, narra Fanny en su libro Soltaron los
perros.
Quince días después de la muerte de su esposo, Fanny se ennovió
con Jeff, su odontólogo. El romance duró poco. “Él me botó porque estaba loca y
mis hijos lo odiaban. Ellos no querían un reemplazo para su papá y les parecía
un idiota”. Fanny lloró tres días seguidos y entró en estado catatónico.
Pero su verdadero infierno empezó cuando se mudó a Nueva York y le
ofrecieron un puesto en el Departamento de Asuntos Corporativos de la Philip
Morris. “Ahí sí me volví loca de remate. Tomaba bastante alcohol, me hice echar
del trabajo por una pelea con mi jefe y me suscribí a Jdate, un website judío
para buscar novio por Internet”. Salía con toda clase de desconocidos, algunos
casados o menores, otros adictos al sexo y unos más locos que ella. Morrie, por
ejemplo, sufría de una enfermedad llamada Desorden de la Personalidad
Fronteriza. “A pesar de que él me golpeaba, yo estaba enamorada y decidida a
irme a vivir con él. Un día cualquiera llegué a su apartamento con todas mis
cosas y como él no estaba contraté un cerrajero para que me abriera la puerta.
Él llegó a las dos de la mañana y cuando me vio ahí me dijo: ‘Fanny, le juro que
voy a llamar a la policía’. Cuando me desperté estaba rodeada de cuatro
uniformados, que me esposaron para llevarme a una unidad siquiátrica del peor
hospital de Atlanta. Estuve interna durante tres días, los peores de mi vida,
hasta que finalmente pude convencer al médico de que no estaba tan loca y me
dejaron salir”.
Ahora no está saliendo con nadie, pero no pierde la
esperanza de encontrar un marido rico que le ponga fin a sus problemas
económicos. “Tengo claro que si me vuelvo a casar es por dinero, lo que pasa es
que cuando uno se casa por plata le toca trabajar 24 horas, siete días por
semana y eso no es tan bueno”, dice.