Un nuevo informe del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola -FIDA- indica que América Latina y el Caribe se ha convertido en la región donde más crecieron las remesas durante la última década.
Entre
2016 y 2025, el dinero enviado por migrantes y miembros de la diáspora a sus
familias pasó de US$72.600 millones a US$168.600 millones, mientras la
participación de la región en las remesas mundiales aumentó del 19% al 23%.
El
crecimiento fue muy superior al de la migración. En ese periodo, el número de
emigrantes latinoamericanos aumentó un 41%, hasta unos 44 millones, mientras
las remesas crecieron un 132%. Estados Unidos continúa siendo el principal
destino de los migrantes de la región y la fuente dominante del dinero que
envían a sus países de origen.
“Este informe trata
de flujos financieros de una escala extraordinaria. Pero, más importante aún,
trata de familias”,
afirmó Pedro de Vasconcellos, responsable de la Facilidad de Financiación para
Remesas del FIDA, durante una rueda de prensa. Las remesas, añadió, son una
expresión de “responsabilidad familiar,
sacrificio y solidaridad a través de las fronteras”.
Ingreso esencial para varias economías
México
sigue siendo, por amplio margen, el principal receptor de la región, con unos US$64.400
millones en 2025. Le siguen Guatemala, con US$21.600 millones; Colombia, con US$13.100
millones; República Dominicana, con US$12.400 millones; y Honduras, con US$11.900
millones. En conjunto, estos cinco países recibieron alrededor del 73% de todas
las remesas destinadas a América Latina y el Caribe.
Pero
el peso de estos recursos resulta todavía más evidente cuando se compara con el
tamaño de algunas economías. En Honduras las remesas equivalen al 30% del
producto interno bruto (PIB), en El Salvador al 28% y en Nicaragua al 27%.
Guatemala alcanza el 19% y Haití
el 17%.
Esa
dependencia también aumenta la exposición a lo que ocurra en Estados Unidos. El
FIDA señala que los principales corredores de remesas de América Latina están
estrechamente vinculados a ese país, por lo que cambios en su mercado laboral,
las medidas de control migratorio o la situación legal de los migrantes pueden
afectar la capacidad de las familias para seguir enviando dinero.
El
informe advierte que las deportaciones, las restricciones al empleo o una menor
demanda de trabajadores migrantes pueden reducir tanto el número de remitentes
como el volumen de las transferencias, particularmente en los países donde las
remesas representan una proporción elevada del PIB y Estados Unidos es su
principal origen.
La
agencia cita el caso de Guatemala, donde un estudio de 2025 entre personas
retornadas encontró que el 61% había sido la principal fuente de ingresos de su
hogar. El FIDA señala que el retorno involuntario no solo supone un impacto
para la persona que regresa, sino que también puede provocar una pérdida
repentina de ingresos por remesas para la familia que dependía de esos envíos.
Por
ahora, sin embargo, el FIDA no observa una caída generalizada de estos flujos.
“Las cifras, por
ahora, no muestran una reducción de las remesas”, explicó De
Vasconcellos. Señaló que, frente a situaciones de crisis, los migrantes suelen
priorizar las necesidades de sus familias, incluso enviando más dinero o
recurriendo a sus ahorros, y advirtió que puede existir un desfase antes de que
los efectos de cambios económicos o migratorios aparezcan en las estadísticas.
Una de cada seis personas en
el mundo
envía remesas
La
expansión latinoamericana forma parte de un fenómeno mucho mayor. Unos 220
millones de migrantes y miembros de la diáspora apoyan económicamente a
alrededor de 1100 millones de familiares, lo que significa que más de 1300
millones de personas, aproximadamente una de cada seis en el mundo, envían o
reciben remesas internacionales.
Los
flujos registrados hacia los países de ingresos bajos y medios alcanzaron los US$728.600
millones en 2025, casi el doble que una década atrás y por encima tanto de la
asistencia oficial para el desarrollo como de la inversión extranjera directa
destinada a esas economías.
Asia
y el Pacífico concentran la mayor parte de las remesas mundiales, con US$384.900
millones en 2025, el 53% del total. África recibió US$124.200 millones, los
países de ingresos bajos y medios de Europa US$30.200 millones y los del
Cercano Oriente y el Cáucaso US$20.700 millones.
Además,
el aumento de las remesas ha superado ampliamente al de la migración. Entre
2016 y 2025 crecieron un 94%, mientras que el número de migrantes
internacionales procedentes de los países analizados aumentó un 28%, una
diferencia que el FIDA atribuye, entre otros factores, a que los migrantes
están enviando mayores cantidades de dinero a sus familias.
De las necesidades básicas a
la inversión
La
mayor parte de las remesas cumple una función inmediata en los hogares. Cerca
de tres cuartas partes se destinan a necesidades como alimentos, vivienda y
servicios básicos.
El
cuarto restante representa más de US$180.000 millones al año que las familias
destinan a salud, educación, vivienda, ahorro, emprendimientos y otras
actividades generadoras de ingresos.
El
FIDA insiste en que el objetivo no es decir a las familias cómo utilizar esos
recursos. “Son flujos privados”,
recordó De Vasconcellos. La oportunidad, explicó, consiste en ampliar las
opciones disponibles para quienes reciben remesas mediante herramientas como el
ahorro, el crédito, los seguros o la inversión.
Su
impacto es especialmente importante en las zonas rurales. Unos US$233.000
millones, casi un tercio de todas las remesas enviadas a países de ingresos
bajos y medios, llegan a comunidades rurales, donde suelen ser más limitados el
empleo formal, los servicios financieros y las redes públicas de protección.
Las
familias receptoras invierten además aproximadamente US$22.000 millones al año
en sistemas agroalimentarios rurales, una cantidad superior al total de la
asistencia oficial para el desarrollo destinada a la agricultura en el mundo.
Red de protección frente a crisis y desastres
El
informe destaca también un papel menos visible de las remesas: su capacidad
para ayudar a las familias a resistir crisis económicas, conflictos y
desastres. Estos recursos pueden ajustarse rápidamente a las necesidades de los
hogares y, en momentos de emergencia, mantenerse o incluso aumentar cuando
otras fuentes de apoyo tardan más en llegar.
Frente
al cambio
climático, pueden ser útiles antes, durante y después de un desastre.
Antes de una crisis, ayudan a reforzar viviendas, acumular ahorros,
diversificar los medios de vida o invertir en agricultura adaptada al clima.
Durante una emergencia, pueden funcionar como una forma de seguro informal para
cubrir alimentos y atención médica y evitar la venta de tierras, ganado u otros
activos productivos. Después, pueden contribuir a reconstruir viviendas,
reemplazar ganado, reinvertir y recuperar los medios de vida.
Pero
el FIDA subraya que las remesas no son financiación climática y no pueden
sustituir la inversión pública, la protección social o la asistencia
humanitaria.
“Las remesas pueden
ayudar a las familias a pasar de hacer frente al próximo shock a construir
mayor resiliencia y oportunidades”, afirmó De Vasconcellos, pero insistió en que
esos recursos privados no deben reemplazar las responsabilidades de los
gobiernos y de la comunidad internacional.
Para
el FIDA, su mayor potencial aparece cuando se combinan con inversión pública,
servicios financieros, seguros e infraestructura que permitan a las familias
proteger sus bienes, recuperarse más rápidamente y prepararse mejor frente a
futuras crisis.
Fuente: Laura Quiñones, Asuntos Económicos de Naciones Unidas

