miércoles, 28 de noviembre de 2012

Adolfo Meisel: ¿Por qué perdió la Costa Caribe en el siglo XX?

Bien... que bueno tener a Adolfo Meisel en la ciudad de Barranquilla enseñándonos historia.
RADAR,luisemilioradaconrado
Pd: papá nació en 1930, un 15 de julio.

¿Por qué perdió la Costa Caribe en el siglo XX?

Por Adolfo Meisel Roca

El economista Adolfo Meisel Roca es el conferencista invitado al próximo Jueves del Gran Caribe, programa que desarrolla el Parque Cultural, como espacio de reflexión sobre importantes temas del Caribe colombiano y del Gran Caribe. 

A partir de un profundo análisis del fracaso del sector exportador de la Costa Caribe en las primeras décadas del siglo XX, Meisel Roca desarrollará su tesis, llevando a los asistentes a mirar detenidamente las causas del fracaso de las exportaciones, y las consecuencias que generó esta situación. La conferencia se desarrollará el jueves 29 de noviembre a las 5 pm en la Mediateca Macondo del Parque Cultural del Caribe, con entrada totalmente libre, previa inscripción, para todos los interesados.
 
Dentro de su análisis contempla entre otros temas, la redefinición de las redes de transporte nacionales en las décadas de 1920 y 1930; la pérdida de importancia del Rio Magdalena como columna vertebral de las comunicaciones nacionales; el estancamiento de Barranquilla; las implicaciones que tuvo la especialización de la región Caribe en la producción de ganado vacuno para el mercado interno, y la correlación de influencias políticas regionales, a partir de la producción cafetera. 
 
Señala Meisel que entender las causas del dramático empobrecimiento relativo del Caribe colombiano es de la mayor importancia para el futuro de Colombia, debido a que el rezago económico costeño está reduciendo en casi un 5% la tasa de crecimiento del país.
 
El conferencista Adolfo Meisel Roca es economista de la Universidad de los Andes, magíster y doctor en Economía de la Universidad de Illinois y doctor en Sociología de la Universidad de Yale. Gerente del Banco de la República de Colombia, sucursal Cartagena. 
En los últimos años ha centrado sus investigaciones en la historia económica de Colombia y su economía regional. Ha publicado, entre otros libros, El Banco de la República: antecedentes, evolución y estructura (1990); Política, políticos y desarrollo socio-económico de la Costa Atlántica: una visión histórica (1989). Es compilador, con Haroldo Calvo, de los libros de historia Historiografía de Cartagena de Indias, Cartagena de Indias en el siglo XX y Cartagena de Indias en el siglo XIX, y de economía El rezago de la Costa Caribe colombiana. 
 
Autor de varios capítulos y artículos en libros y revistas académicas de nivel internacional.
Algunos de los temas desarrollados en los anteriores Jueves del Gran Caribe son, “Una mirada desde lo socio-político a los procesos y dinámicas sociales de San Andrés Islas”; “A la Pesca de Langostas y Galeones”; “Los sefardíes del Caribe en la formación de la nación colombiana”; El Caribe Holandés”; “Los Recursos Marinos Pesqueros del Caribe colombiano”; “Oralidad y Cultura Popular”, entre otros.
Jueves del Gran Caribe es un espacio organizado por el Parque Cultural del Caribe, y convoca a investigadores, empresarios, académicos, estudiantes y la ciudadanía en general. Los interesados en asistir podrán inscribirse previamente de forma gratuita al correo contacto@culturacaribe.org o a los tels. 3720582 al 84, ext. 23.

Mayores informes
Ilva Chogó Picón
Coordinadora de Comunicaciones
Parque Cultural del Caribe-Museo del Caribe
comunicaciones@culturacaribe.org


Tel. 3720581/82/83 Cel. 310 7101326
Calle 36 No. 46-66 Barranquilla – Colombia
Síguenos http://twitter.com/MuseodelCaribe
Únete http://www.facebook.com/PCCaribe

TELECARIBE: Comité de Veeduría este 29 de noviembre



CONFORMACIÓN COMITÉ DE VEEDURÍA CIUDADANA DE TELECARIBE
- Telecaribe invita a productores, comercializadores, universidades, medios de comunicación,  autoridades civiles,  televidentes y ciudadanía en general.
- La capacitación y conformación del Comité de Veeduría Ciudadana de Telecaribe será este jueves 29 de noviembre en el auditorio de la Contraloría General de la República en Barranquilla.

Barranquilla, 27 de noviembre de 2012

Canal Telecaribe invita a programadores, productores, comercializadores, universidades, medios de comunicación, autoridades civiles,  televidentes y ciudadanía en general, a la capacitación de participación ciudadana y conformación del Comité de Veeduría Ciudadana de Telecaribe.

En cumplimiento de los principios de democracia participativa y democratización de la gestión pública, Telecaribe realiza esta importante invitación creando el espacio  para que los ciudadanos sean veedores de la actuación del Canal respecto a su funcionamiento, prestación de servicio  y cumplimiento de objetivos y fines sociales. En la capacitación se conocerá cuál es el rol del veedor  en el ejercicio del control social a la gestión pública y una vez finalizada los asistentes tendrán derecho a decidir ser parte del Comité de Veeduría Ciudadana del Canal Regional.
El evento de conformación del Comité de Veeduría Ciudadana de Telecaribe será este jueves 29 de noviembre 8 am a 12 m., en el auditorio de la Contraloría General de la República, ubicado en la Calle 70 No.52-29 piso 2 en Barranquilla.

No es necesario el registro previo, pero los interesados pueden hacerlo virtualmente. Solo deben visitar el siguiente enlace:


Conviértete en veedor de tu Canal Regional. Telecaribe es más nuestro.

 

martes, 27 de noviembre de 2012

Gossaín: La única muerte verdadera es el olvido. ¿Quién va a olvidar a Ernesto McCausland?



 
Como lo he comentado, va a ser duro cuando nos enteremos que Juan Gossaín, Gabriel García Márquez, Heriberto Fiorillo, Jaime Abello y otros periodistas que apreciamos se vayan de esta tierra.

Hoy, leyendo esa semblanza de Gossaín sobre su amigo Ernesto McCausland, volví a llorar, como me pasaba cuando recordaba a Aída Luz Herrera.

Con Aída, durante mucho tiempo, me sucedía que al recordarla, las lágrimas brotaban sin poderlo evitar. No es que uno sea llorón, sino que hay seres humanos que te marcan la vida. 
Ella fue mi compañera de clases en la Universidad Autónoma del Caribe. Murió un noviembre, antes de organizar su rumba de los 50 años. Y también fue mi compañera de tesis y una entrañable amiga. 

Una tesis que revisamos con Juan Gossaín, porque ella era amiga de Juan… Ahí lo admiré más, porque nos sugería unos cambios breves, pero sustanciales.

Ahora leyendo su semblanza de Ernesto, estoy casi seguro que te pasará lo mismo que a mí: las lágrimas saldrán de tu cuerpo sin poder evitarlo.

RADAR,luisemilioradaconrado
Juan Gossaín hace una semblanza de su amigo Ernesto McCausland.
La única muerte verdadera es el olvido. ¿Quién va a olvidar a Ernesto McCausland?
Por mi parte, y aunque han pasado casi cuarenta años, todavía recuerdo perfectamente la mañana aquella. Yo trabajaba como jefe de redacción de El Heraldo, frente a la nueva catedral de Barranquilla, y escribía mis crónicas en la misma máquina ruinosa que había usado en su época el redactor Gabriel García Márquez, porque creía que eso se contagiaba a través de las teclas, pero la vida se encargó de enseñarme que mis ilusiones eran inútiles.
Fue por ese entonces cuando comenzaron a llegarme unas crónicas escritas a mano, en hojas de cuaderno, con esa letra redonda y rotunda que tienen los muchachos. En una de ellas su autor me decía que era un estudiante de bachillerato y quería ser periodista. Me llamaron la atención que fuera tan joven, pero, sobre todo, la calidad de los relatos que me mandaba y su sentido del humor. Le hice saber que me gustaría conocerlo. En la puerta de mi oficina, que era una jaula de vidrio, apareció aquella mañana un hombre altísimo y flaco, con la cara picada por las espinillas de la adolescencia.
 
 -Vengo de parte de Ernesto McCausland -me dijo-. Las manos le temblaban.
-Siéntese -le contesté al gigante, mirándolo por secciones-. Usted debe ser el hijo de Ernesto.
-No, no -se apresuró a corregirme, agitando las manos-. Yo soy él.
 
Fue la primera vez que nos morimos de risa juntos. Poco después yo me fui para Bogotá y Ernesto entró a la redacción de El Heraldo.
Aunque era el único barranquillero tímido que he visto hasta ahora, Tico se volvió rápidamente un periodista auténtico, incansable y andariego. Pronto descubrí que su sentido del humor era en realidad un mecanismo para defenderse de los extraños, en cuya presencia guardaba silencio. Todo lo que llevaba por dentro lo descargaba en sus textos inolvidables. Comprendió que la crónica verdadera no está encerrada entre las cuatro paredes de una sala de redacción, sino que anda por la calle, sudando, como la gente, porque el periodismo es la gente.
 
El cronista del Caribe
Recorrió el Caribe colombiano de cabo a rabo, desde la cabeza marinera de La Guajira hasta las colinas del sur de Córdoba, trabajando en rancherías y ciudades, parando en aldeas y playas, atravesando barrizales, buscando a los seres anónimos. Lo acompañaba siempre el único equipaje que le conocí en la vida: una mochila indígena, la más grande del mundo, en la que cabían seis libros, tres camisas, un bluyín desteñido, dos grabadoras, unos anteojos de repuesto, su máquina de retratar y unos zapatos de lona que se descosían solos. Siempre llevaba la mochila colgada del hombro. Parecía un tercer brazo.
 
En cierta ocasión se sentó en lo alto de las varetas de un corral para ver de cerca cómo es que trabajan los ordeñadores y poder echarles el cuento a los niños de la ciudad que cada mañana reciben una botella de leche pero nunca han visto una gallina viva. Daba la impresión de que estuviera en todas partes al mismo tiempo. Se lo encontraba uno en la plaza de un pueblo, hablando con las fritangueras descalzas y con las vendedoras de pescado, empujando la canoa que atravesaba algún río perdido o en las esquinas donde se cocinan los chismes del vecindario.
A veces, acorralado por la sofocación del mediodía, se envolvía la cabeza en una pañoleta de colorines. En esos momentos, con sus dos metros de estatura y la misma cara de sus antepasados escoceses, parecía un pirata inglés extraviado entre Jamaica y Panamá.
 
La muerte, esa compañera
Una noche lo vi desde lejos tomando fotografías para sus escritos en la rueda de un fandango que se celebraba en las afueras de Sincelejo. Las mujeres pizpiretas, con una caja de velas encendidas en la cabeza, bailaban alrededor de una banda de músicos. Me acerqué a él y, antes de que tuviera tiempo de darme un abrazo, le sacudí las perneras del pantalón de dril que llevaba puesto.
-¿Qué es lo que pasa? -me dijo, sorprendido y agitando las piernas, como si un perro rabioso lo fuera a morder.
-Que te estoy limpiando el polvo de todos los caminos -le dije.
Pasamos la noche entera echando cuentos, esa habladera eterna que le entra a la gente del Caribe, sentados frente a una mesa de fritos que vendía las carimañolas más sabrosas del mundo. Compramos toda la existencia.
 
Me contó que acababa de llegar de unos pueblos guajiros, tierra de misterios y fantasmas, porque estaba escribiendo la historia de un hombre muy viejo al que llamaban 'El Maestro'. Su gracia consistía en que cada tres meses, con la puntualidad de un reloj suizo, 'El Maestro' se subía al cielorraso de su casa con el propósito de medirse el ataúd que había mandado hacer con anticipación para el día de su muerte. "Estoy engordando", decía. "Las tablas me aprietan en la barriga".
Le dije que esa familiaridad risueña con la muerte es lo más natural del mundo porque el Caribe es como Dios lo ha hecho. En San Bernardo del Viento, donde no había funeraria ni carpintero, la señora Tulia mandó comprar un ataúd blanco en Lorica. Lo guardaba debajo de su propia cama. Con el paso de los años se fue muriendo medio pueblo, menos ella, de manera que para cada entierro tenía que prestar su ataúd y a la semana siguiente se lo devolvían, dándole las gracias. A veces dormía en él, "para irme acostumbrando, mijito", según decía.
 
Fue en ese momento cuando Tico McCausland me contó, sin aspavientos, la historia de su cáncer. Me quedé mirándolo. Aquel camarada hacía crónicas para periódicos, revistas, radio o televisión; fue guionista y director de cine, presentador de noticieros, escritor de novelas. Todo lo hizo bien. Y todavía le quedaba tiempo para enfrentarse a trompadas con la muerte.
 
Epílogo sin lágrimas
Hace un mes los propios periodistas colombianos le otorgaron a Tico el Premio Nacional por su vida y por su obra. Entonces le puse un mensaje en el que le mandaba un abrazo. Me contestó diciendo que se sentía abatido y sin ganas de seguir luchando. "No te olvides de mí", fue su despedida.
El lunes pasado me escribió desde Barranquilla otro compadre de aquellas épocas, Heriberto Fiorillo, para decirme que los médicos ya no tenían muchas esperanzas. Tico esperaba su hora meciéndose en una hamaca. Murió el miércoles. 
 
No quise ir a su entierro. Desde hace muchos años me niego a hacerlo con los sepelios de la gente que quiero porque no voy a darle ese gusto a la muerte.
Aunque, pensándolo bien, la verdad es que no estoy seguro de que Tico haya muerto.
Parodiando al general McArthur, que también llevaba el Mc y debía ser un pariente suyo de Escocia, me parece que los periodistas genuinos no mueren nunca: se transforman. Como la tierra.

JUAN GOSSAÍN
Periodista y escritor