lunes, 9 de mayo de 2011

Las verdades de mi madre, por alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos, en la Feria del Libro, en Bogotá.

Felicitaciones para él. Nos representa con lujo de competencias.

LuisEmilioRadaC 

Hoy, a las 5;30 de la tarde, en el salón Tomás Carrasquilla de Corferias, será el lanzamiento de mi libro "La eterna parranda. Crónicas 1997-2011". 
Conversaré con Daniel Samper Ospina, director de la revista SoHo. 
Los espero a todos. 
En mi libro figura esta crónica, que aquí les pongo como homenaje a mi vieja y a todas las madres. http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1655

Alberto Salcedo Ramos

Breviario

Las verdades de mi madre

Breviario: Las verdades de mi madre
En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba.
 
Yo alardeaba frente a mis primos: les decía que mi madre era tan inteligente que no necesitó nacer niña y por eso había sido grande desde chiquita. Todo lo suyo era serio, desde el color de sus ensaladas hasta el diseño de la
ropa que nos compraba: camisas grises para mí, faldas hasta los tobillos para mi hermana. A ella no le gustaban ni el ruido, ni la histeria, ni las parejas que se besaban en la calle, ni los niños que se sentaban a la mesa sin lavarse las manos, ni las mujeres que llamaban siete veces diarias a la casa del novio, ni los hombres que se descamisaban en público.
 
Todavía hoy me parece que su sentido del deber era dramático y en algunos casos hasta desconsiderado con ella misma. También se me antojaba excesivo el rigor con el que solía entregarse a la búsqueda de la verdad, aun en los casos en que esa verdad podía resultarle adversa o dolorosa. Mi madre era incapaz de regalar un piropo en el que no creyera. Mi madre odiaba el engaño, así éste se mimetizara en un objetivo aparentemente razonable, como el de amortiguar la calamidad con una pirueta del lenguaje. Mi madre jamás se ponía capuchón para expresar –siempre en voz alta y sin rodeos– sus opiniones. Más de dos veces la vi correr el riesgo de decir verdades incómodas que los demás temían, simplemente porque para ella ninguna mentira era piadosa.
 
Cuando le salieron las canas, cuando le nacieron los primeros nietos, aprendió –cautelosa, sabia– a manejar sus propias intolerancias, para no sufrir a costa de ellas ni fastidiar a las demás personas con sus reclamos. Ya no perdía el tiempo amonestando a los ruidosos con una mirada fulminante, sino que se apartaba del escándalo, en busca de una trinchera donde poner a salvo su tranquilidad.
 
En el centro de todo ese sentido psicorrígido del orden, mi madre era un melocotón que se deshacía en el paladar: nos hacía cosquillas hasta sacarnos las lágrimas, nos escondía un juguete cualquiera y nos retaba a que lo encontráramos, mientras iba repitiendo en voz alta las palabras “frío”, “tibio”, “caliente”, según estuviéramos lejos o cerca de lograr el objetivo; nos daba un confite de almendra por cada beso sonoro que estampáramos en sus mejillas. Si yo pudiera morir acostado en mi cama mientras contemplo los arabescos de las telarañas en el techo, y si tuviera, además, la oportunidad de elegir en ese momento la imagen con la cual quisiera irme de este mundo, escogería el siguiente recuerdo. Veinticuatro de diciembre de 1973. Yo tenía diez años. Estaba estrenando un pantalón blanco de lino que mi madre me había regalado ese mismo día, por la tarde, con una de sus advertencias favoritas:
–Ya sabes, mijo: este pantalón es muy elegante. Trátalo como si fuera un arreo de la iglesia.
 
Sin embargo, esa noche, en vez de andarme con remilgos para proteger el pantalón como ella proponía, me fui a merodear por el cine de Arenal, el pueblo en el que vivíamos. La calle, que en aquel tiempo no había sido pa-
vimentada, era una polvareda de espanto debido a la aglomeración de gente. La muchedumbre estaba reunida alrededor de una mesa de madera rústica, sobre la cual giraba una ruleta llena de números. Yo me quedé fascinado frente a los colores de la rueda, frente al sonido que producía cuando rotaba, frente a los alaridos tremendos de los adultos. Me impresionaba –supongo– el poder imprevisible del azar. Entonces me animé a apostar los cinco pesos que me había regalado mi tío Gonzalo y, para mi sorpresa, gané: de un solo tirón resulté embolsándome treinta y cinco pesos. Con las ganancias compré, entre otras cosas, una empanada de huevo para obsequiársela a mi madre. Estaba tan embriagado por el sabor del triunfo, que me guardé la empanada en el bolsillo izquierdo del pantalón. Mientras corría desbocado hacia la casa, tenía la sensación de llevar en el muslo un tizón prendido. En cuanto llegué, mi madre notó, aterrorizada, el círculo amarillento de grasa que había convertido mi pantalón, mi fino pantalón, en un trapo de miseria. Enseguida corrió hacia mí con el rostro transfigurado por la furia. Era evidente que se aprestaba a troncharme la cabeza. En ese momento me saqué el paquete del bolsillo y le dije:
–Mira lo que te compré, mami.
 
Su semblante pasó sin ninguna transición de la rabia al regocijo. Me besó en la frente una y otra vez, me apretó emocionada contra su pecho, los ojos llorosos, la risa alborozada, como celebrando de golpe la ruina del pantalón, solo porque le permitía recibir aquel detalle cariñoso de su hijo bruto. A menudo, cuando las cosas no van bien para mí, me aferro a este recuerdo estremecedor como el náufrago al salvavidas.
 
En mayo del año 2000, cuando me enteré de que mi madre padecía cáncer de páncreas, les rogué a los médicos que le ocultaran la verdad. Quería evitar que el susto la matara antes que la enfermedad. Los médicos desoyeron mis súplicas y le aventaron la mala noticia de un modo que a mí se me antojó demasiado brutal. Ella se impresionó mucho, lloró, rezó, dijo que quería seguir viva. Sin embargo, no resistió la cirugía que le practicaron. A veces creo que no la mató el bisturí sino la angustia de saber que estaba gravemente enferma. Entonces repruebo al doctor que, en contra de mi voluntad, se atrevió a contarle el mal que tenía. Pero al final termino entendiendo que mi madre, mujer de una sola pieza hasta el último aliento, no hubiera aceptado ni siquiera esa mentira.

Tala de 800 hectáreas en Chocó. ¿¿¿¿Y la ministra de Medio Ambiente????


Javier Palacio es uno de los colombianos más comprometidos con esta nación. Aquí nos envía, a través de su facebook, una información que tiene su origen de RCN radio y la acogimos por el RADAR por la importancia que tiene.
Algo comprometedor con nuestro medio ambiente... ¿Dónde está nuestra ministra de Medio Ambiente, Beatríz Uribe?
Entrando a la página del ministerio, me encontré con un aviso que dice: "Comunícate con la naturaleza". Me imagino los ruegos y los lamentos que deben sentirse, cuando natura le susurre algo a la señora Uribe...  
LuisEmilioRadaC   

El capitalismo salvaje no para de talar árboles. El verde se nos acaba por la desidia, el conformismo, el silencio y, lo peor, el lacayismo. La rentabilidad por encima del interés común. El equilibrio natural a esa gente le importa un pito.
 

Denuncian que con la tala de 800 mil hectáreas en Chocó, multinacional busca uranio


Foto archivo
Por: RCN La Radio 
En Bahía Solano, Chocó, cerca de 800 mil hectáreas de selva virgen y de árboles con más de 100 años de vida, empezarían a ser taladas en las próximas tres semanas, por la compañía canadiense REM International, que está autorizados por la CAR del Chocó, CodeChocó, para realizar esta tala masiva de flora, durante los próximos cinco años. 
Juan Ceballos un abogado ambiental de Medellín, mediante una huelga de hambre y amarrándose a uno de éstos árboles, protestó para detener la tala masiva de especies que tardaron casi un siglo en crecer y que serían erradicados en menos de tres días.

En diálogo con RCN La Radio, aseguró que “detrás de esta tala de casi un millón de hectáreas de bosques, que son para REM International un tesoro maderable, también estoy casi seguro de que están buscando Uranio”.


“Los predios por la Ley 70 en Bahía Solano, pertenecen a agrupaciones afro organizadas, y justamente a ellos (unas 100 personas ) esa compañía les paga entre un salario mínimo y 800 mil pesos por trabajarles”, Juan Ceballos, dijo que "lo injusto es que la compañía, según estudios y análisis, obtendría cerca de 800 euros por metro cúbico de madera y a esas comunidades, les entregan apenas siete euros".


Sobre el tema del Uranio en Bahía Solano, Juan Ceballos aseguró que “el tema es bastante delicado, pues llevan cinco años en los que han talado unos 3 mil metros cúbicos de árboles centenarios, no los han sacado de la selva y allá se pudren, además tienen excavadoras desde hace mucho tiempo, hay movimientos de maquinaria que no se usa para talar árboles y los comentarios de las mismas personas indican que ésa búsqueda es una realidad. En un 90% estoy seguro de esa exploración”.


Para impedir que la tala de estas 800 mil hectáreas de árboles que constituyen un ecosistema sostenible y frágil, y en donde está la mayor cantidad de biodiversidad del mundo, el abogado Ceballos interpuso una demanda ante el Tribunal Administrativo de Antioquia, con la que pretende evitar que en 20 días la compañía canadiense empiece a deforestar las playas de Mecana y Huaca, en Chocó.


Juan Ceballos finalizó diciendo que la zona está siendo colonizada, “lo más triste de todo lo que he hecho y visto en esa zona de Bahía Solano en Chocó, es que un día llegué hasta el campamento de los canadienses con hay una bandera de ellos clavada en la playa y en varias partes encerradas con mallas dice Propiedad Privada”.


En Facebook también están liderando esta iniciativa de protección ambiental en el grupo: 'Rechazamos la tala de 300.000 árboles en la selva virgen de Bahía Solano'.

Texto copiado de www.rcnradio.com - Conozca el original en http://www.rcnradio.com/node/85770#ixzz1LtD6LKbC

Plantón informativo de periodistas en Buenaventura, Colombia

 

From: rubencho15@hotmail.com
To: corresponsales@flip.org.co; info@flip.org.co; sandra@flip.org.co
Subject: URGENTE BUENAVENTURA
Date: Mon, 9 May 2011 10:30:02 -0500


Plantón informativo de periodistas en Buenaventura

BUENAVENTURA. En un hecho sin precedentes, un grupo de  periodistas de Buenaventura decidió hacer hoy un paro informativo para llamar la atención nacional sobre las difíciles circunstancias de seguridad para el ejercicio de su oficio, así como de la tremenda impunidad que rodea a los 20 homicidios de periodistas registrados en los últimos 10 años en este puerto sobre el Mar Pacíficio.

Unos 25 comunicadores, la mayoría asociados a la Unión de Periodistas de Buenaventura, que lidera Manuel Barrantes, denuncian el constante hostigamiento de fuerzas oscuras que los amenazan de muerte, al acoso sistemático de entidades particulares y públicas que han desbordado en ataques violentos, como el caso de los reporteros de la televisión y prensa local por guardas de seguridad de la empresa que administra el muelle, y a la falta de garantías laborales por parte de las empresas periodísticas.
 

El plantón, que no obstante no fue acogida por todo el gremio (no lo hicieron los periodistas de RCN y de Bahías Estéreo Radio, ni de los periódicos El País, Q'hubo y Extra), consistió en la no realización de los noticieros de la mañana, retornando a la normalidad al medio día.

Manuel Barrantes, líder del gremio, enfatizó en la delicada situación de inseguridad que afrontan los reporteros en Buenaventura, flanqueados por el narcotráfico, la guerrilla y los residuos paramilitares, razón por la cual muchos comunicadores se encuentran bajo graves amenazas de muerte para ellos y sus familias.


Recordó que hace poco un equipo periodístico de Extra y de una canal local fueron objeto de una brutal agresión por parte de guardas de seguridad privada del TCBuen, el consorcio que administra el puerto, hecho que no está siendo investigado con la celeridad que se requiere.
 

Asimismo, la mayoría de los comunicadores sociales laboran sin contratos, sin seguridad social y a destajo; es decir, de la venta de publicidad que le deben reportar a los medios.
 
Rubén Darío Valencia
Corresponsal Valle del Cauca.