Vladimir Putin tiene cáncer.
Lo van a operar. Será intervenido por esa
enfermedad.
¿Dejará el poder?
En esta columna de Ricardo Plata Cepeda, se habla de este señor, que está haciendo de las suyas…
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Por Ricardo Plata Cepeda
El hecho patente es que Putin
decidió hacer tierra arrasada de un país hermano, masacrar miles de inocentes,
provocar un odio contra sus compatriotas por generaciones sin tener asegurada
la victoria y forcejear al borde del abismo de una confrontación nuclear suicida.
Su conducta nos recuerda la ley fundamental de la estupidez humana, según el
intelectual italiano Carlos Cipolla: Una persona es estúpida si causa daño a
otras personas sin obtener ella ganancia alguna, o peor, provocándose daño a sí
misma en el proceso.
Nadie supera la estupidez de Vladimir Putin hoy el teme a la democracia de los vecinos, teme a la libertad de los vecinos.
Democracia y libertad son virus contagiosos y han sido temores
atávicos para los autócratas rusos.
Los de Nikita Krushov, en 1956, cuando invadió Hungría para acabar
la revolución de otoño, que pretendía cambiar el opresivo régimen comunista.
Los de Leonid Brezhnev, en 1968, cuando aplastó con sus tanques “la primavera de Praga” apenas el reformista Alexander Dubcek fue elegido Secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia. Detrás de su aparente frialdad de exagente de la KGB Putin esconde sus fantasmas.
Las ridículas mesas de 10 metros de largo delatan su pavor al Covid.
Asesinar y encarcelar a los críticos son sus respuestas paranoicas para enfrentar las libertades y la democracia.
Un segundo motivo para su ofensiva militar a Ucrania, sin agresión previa, es recuperar uno de los pocos retrocesos del expansionismo ruso en cinco siglos, ocurrido al abrirse la cortina de hierro en 1989.
El historiador Stephen Kotkin, nos recuerda que “comenzando con
Iván el Terrible, en el siglo 16, Rusia se expandió a un promedio de 50 millas
cuadradas por día por cientos de años.” De 149 millones de kilómetros cuadrados
(km2) de tierra firme en el planeta, a principios del siglo 20 el oso
estepario, luego de caminar 10 mil kilómetros y 11 husos horarios entre San
Petersburgo y el estrecho de Bering, había amasado 17 millones de kilómetros
cuadrados (km2). No contento con ello creó en 1922 la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas (URSS) anexando 14 repúblicas con 5 millones de km2
adicionales; de ellas encontramos 5 en el costado europeo: Ucrania,
Bielorrusia, Letonia, Lituania y Estonia.
Por añadidura, al finalizar la segunda guerra mundial la URSS ocupó un cinturón de seis países, con otro millón de km2, corriendo la cerca hasta el corazón de Europa para absorber Alemania del Este, Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania, sin mencionar la Yugoslavia de Tito, no alineada pero más cercana a Moscú que a Washington.
Con una lógica simple, entre varias potencias la más expansionista
es la que ocupa el área más grande. China y Estados Unidos tienen cada una
cerca de 9,5 millones de Km2, apenas un poco más de la mitad de la Rusia actual
que intenta volver a las guerras de conquista. Cuando pensábamos que el
expansionismo militar era obsoleto, la invasión rusa, no provocada, lo reanima
como un riesgo para la paz mundial en todas las latitudes. El hecho patente es
que Putin decidió hacer tierra arrasada de un país hermano, masacrar miles de
inocentes, provocar un odio contra sus compatriotas por generaciones sin tener
asegurada la victoria y forcejear al borde del abismo de una confrontación
nuclear suicida.
Su conducta nos recuerda la ley fundamental de la estupidez humana, según el intelectual italiano Carlos Cipolla: Una persona es estúpida si causa daño a otras personas sin obtener ella ganancia alguna, o peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
Nadie supera la estupidez de Vladimir Putin hoy en el mundo.
rsilver2@aol.com
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